viernes, 31 de enero de 2014

MULTIBLOG III

María estaba enfrente de la catedral de Notre Dame de París cuando el reloj se la paró, aunque en ese momento no se dio cuenta, en ese momento, parada como estaba en medio de la lluvia sólo tenía ojos para la imponente vista que se alzaba delante de ella, que la sobrecogía como pocas cosas lo habían hecho. El imponente edificio se alzaba ante ella entre la cortina de agua, sombrío, lúgubre, parecía saber que iba a sobrevivir a todos los transeúntes que corrían por la plaza buscando refugio de la lluvia por lo que no se dignaba en prestarles la más mínima atención.

Cuando María consiguió apartar la mirada ya había amainado un poco la lluvia, así que su siguiente propósito fue encontrar un sitio donde pasar la noche, una base de operaciones hasta que organizase su vida, hasta que consiguiese un trabajo y un piso al que con el tiempo poder llamar hogar. Así se dirigió hacia la primera calle que salía de la plaza y la recorrió mirando ávidamente cada cartel que lucía tímidamente entre los últimos resquicios de lluvia hasta que vio uno que rezaba "Hostel".

Por suerte tenían una habitación libre y todavía tenían algo de cena caliente, así que María bajó al comedor nada más dejar las maletas, porque hasta entonces no se había dado cuenta de todo el tiempo que llevaba sin comer. Mientras devoraba sus escasos macarrones con queso y un filete que claramente había estado demasiado tiempo en la sartén se dedicaba a dejar vagar la mirada por el comedor, vacío, y sólo entonces se dio cuenta de cuan sola había estado hasta entonces. Había abandonado su ciudad, en la que había pasado toda su vida, su país y había llegado a París con apenas una bolsa de viaje llena, pero no estaba más sola que antes, no había dejado a nadie atrás.

Con estos pensamientos todavía rondando su mente se fue a la cama y trató de dormir, a las tres de la noche ya había perdido toda esperanza, así que se quitó el pijama y dejó que por una hora sus pensamientos se fueran con el agua caliente que la lamía la piel, después se vistió, se puso su cazadora y un corro de lana  y salió a la calle. París dormía a su alrededor y no había más luces encendidas que las de las farolas, así que se dedicó a vagar, volvió a la catedral, que la seguía pareciendo perturbadora al amparo de la noche, así que cruzó el Sena y se perdió en un barrio residencial. De repente unas risas la sacaron de su ensimismamiento, y al girar la esquina vio el que creyó el único bar abierto de todo París, sino de toda Francia a esas horas de la noche.

En la última mesa un chico descansaba, escondido tras una cerveza, mientras parecía contemplar todo lo que pasaba en el bar, y en la mesa, al lado de la cerveza, una bola de cristal, una bola que María había visto esa misma tarde.

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