Después de haberse peleado con ellos para desenredarlos los enchufó al móvil y le dio a reproducir. Así estuvo vagando por la lista de canciones, que se reprodujeron aleatoriamente durante una hora hasta que de repente, algo lo sacó de su ensoñamiento, unos acordes que había escuchado miles de veces, hasta memorizarlos, hasta hacerlos casi un himno, un mantra al que aferrarse en los malos momentos. Ahora parecían volver otra vez a por él, y como una y tantas veces parecían cogerle y transportarle, hacerle volar hasta otro día, oto lugar, junto a ella. Sólo que ella ya no estaba, y no sabía si alguna vez volvería.
Ésa había sido su canción, la primera cosa que había sido suya y la única de la que no había podido desprenderse cuando todo terminó. Rápidamente todo estaba volviendo a su cabeza, las mañanas juntos con la ciudad todavía dormida, y las largas noches, despiertos, solos en la inmensidad del mundo, volvían los regalos, las risas, pero también las discusiones. Recordó entonces la gran pelea, todo se desmoronaba a sus pies, y el ni siquiera podía moverse, estaba paralizado, mientras, ella le lanzaba insultos, mentiras, sólo para ver si reaccionaba, si era capaz de volverse y luchar. Pero eso no ocurrió, ella no consiguió el alivio de un final amargo, de algo con lo que poder culparle para acallar su conciencia; ni él el de decir que luchó hasta que no le quedaron fuerzas.
Todo esto pasó por su cabeza durante los tres minutos de canción, entonces se planteó la eterna pregunta, ¿qué habría pasado si hubiera reaccionado, si hubiera tenido el valor de pelear?, nunca lo sabría, así que todavía dolido cogió el móvil e hizo lo único que podía hacer, volver a poner la canción, lo único que le quedaba de ella, el puente hacia el recuerdo, porque quisiese o no aún la amaba y esas notas eran lo único que podían devolvérsela, aunque fuese de prestado.
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