Repentinamente, le vino a la cabeza la frase
que tantas veces había escuchado antes de tomar la decisión de dejar atrás su
antiguo mundo y se llegó a plantear que tal vez escapar no era la solución.
Pero ella no era una mujer insegura. Y las palabras del anuncio de Nike que se
alzaba ante sus pies le confirmaron que debía animarse. “Just do it”.
No sabía cómo organizarse, cómo buscar el inicio
de la etapa que estaba comenzando. Ni siquiera sabía dónde dormiría esa noche.
Así que decidió dejarse inundar por el encanto del lugar que la rodeaba,
sumergirse en él. Lo cierto es que se sentía pequeña, diminuta, tal y como se
debe de sentir un insecto en medio de un festival en el que el aforo se ha
completado. Pero, por encima de todo, se sentía libre, libre para ser quién
quisiera ser, para hacer todo lo que le apeteciese… Es decir, para ser una
nueva persona, ya que su pasado había ardido y ni siquiera quedaban cenizas.
Tal vez algunas permanecían muy, muy en el fondo de su cabeza, pero María
estaba decidida a esforzarse para que jamás alcanzasen la superficie.
Así como el terrible ajetreo y el alboroto la
volvían loca, lo que siempre le había gustado de las grandes ciudades era la
gran cantidad de artistas que se encontraba por la calle. Le parecía muy agradable
oír un violín de repente, poder observar la actividad de un pintor o ver a un
grupo de gente feliz rodeando a un malabarista. Por eso, su primer paseo fue
muy largo. No pudo evitar pararse en cada esquina, ya que cada vez que se
detenía su sonrisa se hacía más grande. Cruzó algunas palabras con un muchacho
que ya estaba recogiendo su rincón, explotando al máximo lo poco que recordaba
de una lengua que llevaba sin hablar desde su juventud. Por aquel entonces su
soltura en este idioma era increíble, pero todos los años que la separaban de
aquel momento le habían pasado factura. Sin duda, le hacían falta muchas horas de
práctica delante de un espejo, para evitar que las letras se atropellasen en su
lengua, a punto de salir pero sin conseguir hacerlo como deberían. La verdad es
que aquel joven chico le resultó curioso, le había llamado la atención y por
eso se había parado frente a él, a pesar de que su espectáculo ya había
terminado. Este le contó que se dedicaba a danzar con una bola de cristal en la
mano al son de la música y ella se prometió a sí misma volver a ese sitio,
desde dónde se apreciaba la hermosura de la ciudad, solo para verlo. Se
despidieron después de esa fugaz conversación y María siguió vagando. Simplemente
caminaba y miraba a su alrededor.
De repente comenzó a llover de forma intensa y
su primera reacción fue de agobio. Se alegró de que su bolsa de viaje no
estuviese muy cargada. Acabó dándose cuenta de que empaparse era irremediable
y, una vez asumida la realidad, comenzó a correr por las aceras, saltando en
cada charco, gritando, cantando, moviendo los brazos como si estuviese a punto
de empezar a volar… Como una niña pequeña. Había sido capaz de tomar la
decisión más atrevida de toda su vida. No sabía lo que le depararía ese nuevo
lugar, pero sabía que poco a poco se iría abriendo un camino lleno de
sorpresas, que tal vez sería capaz de devolverle lo que en el pasado le habían
arrebatado. Lo que ya había recuperado era la ilusión. Las palabras de Bob
Marley resonaban en su cabeza: “Some people feel the rain. Others just get wet.”
En ese momento, el mundo se paró. Latitud 48º 48’ N, longitud 2º 20’ E, 18:00. En ese lugar, en ese instante, el reloj de María se quedó sin pilas.
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