María entró en el bar con paso decidido, consciente de
que merecía disfrutar un rato, tomar algo y charlar con algún que otro
desconocido que tuviese alguna anécdota interesante que contar. Se dirigió a la
barra para pedir un gin-tonic, concentrándose en la pronunciación, pero de
nuevo con poca soltura. Sus ojos comenzaron a recorrer el local de arriba abajo
y de izquierda a derecha.
Primero se fijó únicamente en los objetos, en cada uno
de los elementos decorativos del local. Cuadros y fotos de un viejo París, tan
semejante y a la vez tan distinto al de ahora. Cada pincelada inspiraba
belleza, la hermosura de un gran lugar, pero también ajetreo y alboroto. La
esencia de la ciudad parecía ser la misma hoy que ayer, a pesar de que el París
en el que ella se encontraba estaba lleno de nuevos valores y de extrañas
modas. Los tiempos habían cambiado mucho, pero esas imágenes le permitían
apreciar la inmortalidad parisina, sus aspectos más perdurables. En fin, no era
el momento de ponerse a reflexionar.
Tanto unos cuantos posters anunciando espectáculos
nocturnos como la escasa iluminación del local, le recordaron la hora que era y
dónde se encontraba. A sus oídos comenzó a llegar la música que había
estado sonando desde que había entrado. Y entonces empezó a fijarse en las
personas. En una mesa dos jóvenes enamorados compartían una copa, en otra unos
cuantos veinteañeros no paraban de reír. Un poco más allá dos chicas se
divertían cantando, fingiendo tener un micrófono y estar en un escenario.
Piiiiiiiipiiiiiiipipipi.
El escáner se detuvo al llegar a la última mesa. El
corazón de María se aceleró. Del mismo modo que su gin-tonic se podía ver medio
vacío o medio lleno, ella se sintió contenta y enfadada a la vez. Por alguna
extraña razón, ese chico y su bola de cristal le habían dejado marca, más que
cualquiera de las personas con las que se solía encontrar en su antigua ciudad,
que no le habían causado la sensación de pérdida en ningún momento. Le gustaba
eso y más todavía que el destino hubiese hecho que se encontrasen de nuevo unas
horas después. Pero, por otro lado, no dejaba de preguntarse por qué. ¿Por qué
una persona tan independiente como ella sentía semejante atracción por un
desconocido? Inexplicable. Y además, a saber que imagen tenía él de ella. Ruborizada y sobresaltada se colocó el pelo y desvió la mirada lo más rápido
que pudo.
Llevaba allí un buen rato y ella no se había dado cuenta de su presencia.
Sin embargo, él sí. Sonrió al darse cuenta de que por fin lo había visto. Y su
sonrisa se hizo todavía más grande cuando pudo apreciar sus esfuerzos por
disimular su sorpresa. Le gustaba aquella chica. Se preguntaba qué hacía allí, tan tarde, completamente sola, tan sola como él.
Nathan era un chico
fuerte. Su vida, con todos sus problemas, le había enseñado a serlo. Y había
conseguido alcanzar un estado de estabilidad emocional, la felicidad suficiente
como para seguir adelante con entusiasmo. Se había pasado los últimos años de
ciudad en ciudad con su mejor amiga, transparente, como las personas deberían aprender
a ser, y redonda. Lo cierto es que París lo había conquistado, por eso había decidido
quedarse allí más tiempo del que había pasado en cualquier otra ciudad. Aun
así, era consciente de que cuando la gente comenzase a cansarse de su espectáculo
y pasase de largo sin dignarse a dejar una moneda tendría que partir, marchar a
un lugar en el que pudiese ganarse la vida.
Le gustaba aquella chica. Tenía
algo que la hacía distinta. Esa mirada expectante, el hecho de que siempre estaba atenta a todo lo que la
rodeaba. Esa ilusión en los ojos. Lo hacía sentir especial. Muchas personas
ponían cara de asombro y disfrutaban con sus actuaciones. Pero nunca nadie se
había dirigido a él o lo había observado de aquel modo. Era difícil de explicar…
una especie de atracción fatal, o simplemente el detalle de que por fin sentía
que alguien había reparado en él, no solo en su danza. Hacía mucho que anhelaba
eso. Ansiaba ser querido por cómo era él, no por la hermosura de aquello que
hacía. Pensó en acercarse a hablar con ella, le apetecía una segunda
conversación. Pero mirar sus gestos desde la mesa en la que se encontraba
también era tentador. Decidió esperar. Eso sí, sabía que no se iría de allí
esa noche sin saber con certeza que la volvería a ver. Está bien confiar en el
destino, pero no estaba dispuesto a arriesgarse.
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