Cuando eres pequeño un
millón de porqués rondan en tu cabeza y, por supuesto, los exteriorizas. Ahora
ya se habla de “la edad del por qué”. ¿Por qué la luna sale de noche? ¿Por qué
tenemos dedos en los pies? ¿Por qué la hierba es de color verde? Estas y otras
múltiples preguntas, cada cual más extraña, son las que yo les hacía a mis
padres, incansablemente, cuando era niña, cuando no entendía por qué era
importante saber sumar ni tampoco que los números fuesen infinitos. Hablo en
primera persona, pero es un hecho que todo el mundo vivió esta edad.
Pues bien,
llega un momento en que el que esas preguntas pierden su importancia. Desde
entonces hasta hace relativamente poco lo habitual para mí era recordar esta
etapa con una sonrisa en la cara, comentando con otras personas el sinsentido,
la ingenuidad y lo gracioso de la misma. Ahora no hay una noche en la que me
quede dormida sin reflexionar sobre quién soy, qué hago aquí, qué es la vida o
por qué todo es como es. Por esto me gusta la filosofía, no lo sé. Solo estoy
segura de que me gusta pensar, abrir la cabeza e intentar razonar, al mismo
tiempo que me resulta frustrante no ser capaz de entender muchas cosas,
demasiadas. Todos debemos escuchar opiniones y recibir conocimientos, solo para
pensar y continuar pensando. No sé que es el pensamiento, pero tengo claro que
hay que aprovecharlo.
También creo que tenemos que desconfiar hasta de la
ciencia. Es importante tratar de llevar a cabo el mayor número de descubrimientos, pero
siempre teniendo claro que nada será lo suficientemente válido. ¿Sabes esas personas que hablen de lo que
hablen consiguen captar tu atención? Sí, esas que sueltan las palabras de tal forma que causan un profundo impacto. Pues justo uno de esos increíbles seres dijo
alguna vez que ser feliz implica ser sabio. Esa misma persona aclaró que ser
sabio no es saber mucho de todo, sino tener un nivel de entendimiento y
conocimiento que permita comprender el sentido del mundo y sentirse en armonía
con él. Está claro que es imposible saberlo todo, pero yo quiero llegar a ese punto. A día de hoy tengo que admitir que me frustra no saber si el Universo
tiene límite. Mi cabeza no llega para entender que puede ser infinito, pero
tampoco comprende qué es la nada o qué hay entonces cuando se acaba. Un
ejemplo, entre muchos. Confío en la capacidad de
la mente humana para entender el mundo y su funcionamiento. Ahora sí, creo que
una vida no es suficiente para ello. Y me frustra. Mucho. Sería la
persona más feliz del mundo si alguien fuese capaz de resolverme ciertas dudas
existenciales. Lo peor viene ahora: sé que nunca seré la persona más feliz del
mundo.
Dudo hasta de la ciencia y tengo claro el por qué. Antiguamente se
estudiaban cosas, que hoy en día calificamos como disparates, como leyes
fundamentales, principios básicos o afirmaciones innegables. Entonces yo me
pregunto, ¿qué sucede? ¿Nuestra generación es la iluminada? Pues claro que no,
dentro de muchos años se reirán de nosotros y de nuestras estúpidas ideas. Así
mismo, tengo claro que es parte del progreso, con lo cual, debemos
equivocarnos. Por eso hay que aprender con interés, sin que eso
implique creérselo todo. En el colegio nos encontramos con afirmaciones por todas partes… sin que nadie las
cuestione e incluso las llegue a usar como justificación en otros momentos de
su vida. Es cierto que lo que aprendemos está comprobado, pero todo se prueba
dentro de unos límites, que irán creciendo al mismo tiempo que lo que ahora
aseguramos irá cambiando. Va a pasar un asteroide a … km. De la Tierra, pero no
caerá. ¿No caerá? ¿Alguien ha mirado para arriba? ¿Cómo se puede afirmar algo
así, si ni siquiera sabemos lo pequeños que somos? Se puede especular con lo
que se conoce, y así se debe hacer, pero teniendo claro que lo que conocemos es nada. Sirve para contentarnos y para satisfacer nuestras dudas hasta cierto
punto. Y para nada más. Me gustaría contribuir en el mundo de la investigación,
pero dudo que llegue a hacerlo. Aun así, si así fuese o si alguna vez enunciase
una tesis, iría con posdata. Una posdata en la quejase claro que soy consciente
de que no es infalible. Si la escribiese creería en ella, pero no descartaría
que fuese falsa, para empezar porque tal vez parte de bases fundamentales
totalmente erróneas aunque universalmente válidas. Adiós a la vulnerabilidad.
Ahora puedo decir que soy
una niña pequeña con más porqués que nunca dentro de mi cabeza. Y no me arrepiento. Querer ir más allá de lo que nos afirman, dejar de asentir a aquello que se nos
enuncia como ley irrevocable y cuestionar, plantearse, pensar. No reírse de lo
que se pregunten los demás, porque puede que algún día se descubra que la
tierra es cuadrada o incluso cónica. Sentirse seguro de uno mismo, siempre, pero sin dejar de desconfiar de todo. A
eso os incito.
“¿Estamos solos en la galaxia
o acompañados?"
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