Sentir
miedo. No, puede que miedo no sea la palabra. ¿Tal vez intranquilidad? Quizás. Resulta
extraño que en el lenguaje que nos permite recoger el resultado del fluir de
nuestro pensamiento y expresar de una manera clara hasta aquello que dentro de
nuestra cabeza parece incomprensible, en ocasiones no seamos capaces de hallar
los conceptos exactos a los que nos queremos referir. Eso asusta. Eso quiere
decir que hay sentimientos o sensaciones que no caben en ninguna parte. Que van
más allá. Que solo aquel que tiene la suerte de experimentar sabe con certeza
cómo son. Es cierto que se pueden dar definiciones del tipo: “Una mezcla entre
miedo, falta de confianza, emoción…” Pero si nos paramos a pensar, esos
sustantivos solo son conjuntos de letras que aluden a una idea. Una idea que
cada uno entiende tal y como la vive, que es imposible de valorar o comprender
desde fuera. ¿Sabes lo que te digo? Mi temor no es tu temor. O, bueno, tal vez
sí. Pero eso nunca lo sabremos.
Sin
adentrarme en el profundo mundo de los sentimientos pretendo recordar el
momento en el que subida en un coche entraba en Castilla y León. Dispuesta a
empezar “una nueva vida”, ilusionada incluso. No sé por qué extraña razón justo
en el momento en el que la emoción es máxima, todo se viene abajo. Cuando te
sientes más optimista que nunca, en el instante en el que la balanza se inclina totalmente hacia el lado
de los más, una piedra llena de pensamientos negativos la golpea y entonces se
invierte el desequilibrio. Pensar en conocer a gente nueva, en cambiar de
aires, en vivir en lugar distinto, en enfrentarte a nuevos retos, en aprovechar
nuevas oportunidades, en crecer, en acercarte más a la independencia… todo eso
y más. Y, de repente, imaginar… Imaginar tu vuelta a casa por Navidad. Pensar
que quizás te sientas como una extraña en tu propia tierra, con tu propia gente.
Atemorizarte solo de pensar que todo el mundo pueda haber cambiado. Que no
reconozcas a todos aquellos a los que quieres, a los que llevas queriendo
muchos años. Que aquellas personas a las que estás acostumbrado a saludar con
un abrazo se conviertan en desconocidos incluso hasta el punto de que sea incómodo
encontrarlas por la calle y que en esa situación la incomodidad se resuelva con
un sutil movimiento de cabeza. Que todas esas personas ya no te reconozcan a ti
en ti. Que te digan que has cambiado, que ya no eres la misma. Que ahora ya no
es antes. Y lo que es peor. Que eso no te importe. Ante este caos solo queda
evadirse y seguir.
Pues
bien, en este momento del año en el que todo mundo se pone a hacer un balance
de los 365 días que se van yo solo puedo sonreír. Sonreír por haberme atrevido
a marchar, porque si pudiese volver atrás, y viéndolo desde el futuro, desde
donde es muy fácil decidir, todo hay que decirlo, me volvería a ir mil veces.
Pero, sobre todo, sonreír por lo agradable que les resulta a mis oídos oír un “Graciñas”
al salir de una tienda. Y por lo reconfortante que es pasarse los domingos en la
aldea y decirle ochenta millones de veces a tu abuela que no quieres comer más.
Por la felicidad que proporciona ver crecer a tus primos pequeños y disfrutar
de ellos. Porque aunque llueva, nunca me cansaré de admirar lo bonita que es mi
Galicia verde y azul. Por las palabras sonoras que se echan de menos. Y por
aquellas que no se te despegan por muy lejos que estés, por esas que no tienen
traducción. Por sentirme como siempre, donde siempre, con la gente de siempre. Justo
por eso. Porque llega un momento en el que te das cuenta de lo importantes que
son las cosas más sencillas. Las palabras que Mufasa le dijo a Simba retumban
ahora en mi cabeza. “Recuerda quién eres. Recuérdalo. Recuérdalo.” Y es que hay
cosas que nunca se pueden olvidar.
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