viernes, 3 de enero de 2014

Vuelvo, a casa vuelvo, por Navidad

Sentir miedo. No, puede que miedo no sea la palabra. ¿Tal vez intranquilidad? Quizás. Resulta extraño que en el lenguaje que nos permite recoger el resultado del fluir de nuestro pensamiento y expresar de una manera clara hasta aquello que dentro de nuestra cabeza parece incomprensible, en ocasiones no seamos capaces de hallar los conceptos exactos a los que nos queremos referir. Eso asusta. Eso quiere decir que hay sentimientos o sensaciones que no caben en ninguna parte. Que van más allá. Que solo aquel que tiene la suerte de experimentar sabe con certeza cómo son. Es cierto que se pueden dar definiciones del tipo: “Una mezcla entre miedo, falta de confianza, emoción…” Pero si nos paramos a pensar, esos sustantivos solo son conjuntos de letras que aluden a una idea. Una idea que cada uno entiende tal y como la vive, que es imposible de valorar o comprender desde fuera. ¿Sabes lo que te digo? Mi temor no es tu temor. O, bueno, tal vez sí. Pero eso nunca lo sabremos.

Sin adentrarme en el profundo mundo de los sentimientos pretendo recordar el momento en el que subida en un coche entraba en Castilla y León. Dispuesta a empezar “una nueva vida”, ilusionada incluso. No sé por qué extraña razón justo en el momento en el que la emoción es máxima, todo se viene abajo. Cuando te sientes más optimista que nunca, en el instante en el que la  balanza se inclina totalmente hacia el lado de los más, una piedra llena de pensamientos negativos la golpea y entonces se invierte el desequilibrio. Pensar en conocer a gente nueva, en cambiar de aires, en vivir en lugar distinto, en enfrentarte a nuevos retos, en aprovechar nuevas oportunidades, en crecer, en acercarte más a la independencia… todo eso y más. Y, de repente, imaginar… Imaginar tu vuelta a casa por Navidad. Pensar que quizás te sientas como una extraña en tu propia tierra, con tu propia gente. Atemorizarte solo de pensar que todo el mundo pueda haber cambiado. Que no reconozcas a todos aquellos a los que quieres, a los que llevas queriendo muchos años. Que aquellas personas a las que estás acostumbrado a saludar con un abrazo se conviertan en desconocidos incluso hasta el punto de que sea incómodo encontrarlas por la calle y que en esa situación la incomodidad se resuelva con un sutil movimiento de cabeza. Que todas esas personas ya no te reconozcan a ti en ti. Que te digan que has cambiado, que ya no eres la misma. Que ahora ya no es antes. Y lo que es peor. Que eso no te importe. Ante este caos solo queda evadirse y seguir.

Pues bien, en este momento del año en el que todo mundo se pone a hacer un balance de los 365 días que se van yo solo puedo sonreír. Sonreír por haberme atrevido a marchar, porque si pudiese volver atrás, y viéndolo desde el futuro, desde donde es muy fácil decidir, todo hay que decirlo, me volvería a ir mil veces. Pero, sobre todo, sonreír por lo agradable que les resulta a mis oídos oír un “Graciñas” al salir de una tienda. Y por lo reconfortante que es pasarse los domingos en la aldea y decirle ochenta millones de veces a tu abuela que no quieres comer más. Por la felicidad que proporciona ver crecer a tus primos pequeños y disfrutar de ellos. Porque aunque llueva, nunca me cansaré de admirar lo bonita que es mi Galicia verde y azul. Por las palabras sonoras que se echan de menos. Y por aquellas que no se te despegan por muy lejos que estés, por esas que no tienen traducción. Por sentirme como siempre, donde siempre, con la gente de siempre. Justo por eso. Porque llega un momento en el que te das cuenta de lo importantes que son las cosas más sencillas. Las palabras que Mufasa le dijo a Simba retumban ahora en mi cabeza. “Recuerda quién eres. Recuérdalo. Recuérdalo.” Y es que hay cosas que nunca se pueden olvidar.

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