lunes, 20 de enero de 2014

MULTIBLOG I

Aviso: Nerea y yo hemos decidido escribir un cuento un poco más largo, pero lo vamos a hacer en común, yo voy a empezarle y Nerea lo continuará en otro post y así sucesivamente. No hemos hablado de la historia así que sólo podremos saber cómo continúa cuando leamos el post del otro aquí en el blog. Como no sabemos como discurrirá todavía no tiene ni título por eso titularemos los post "Multiblog" y les numeraremos para que se puedan encontrar fácilmente. Esperamos que os guste.

Oyó las puertas cerrarse, y sólo entonces giró la cabeza y contempló la ciudad moviéndose a través de la ventana, María sabía que era la última vez que la vería, la ciudad que la había visto nacer, y a la que no pensaba volver. Huía de ella como quien huye de la peste, en el asiento de la derecha una bolsa de viaje con sus escasas posesiones y su cabeza puesta en el futuro, como si su pasado se hubiese quedado con la ciudad, en el horizonte.
Esa mañana había madrugado mucho, la ciudad apenas empezaba a desperezarse y a lanzar los primeros sonidos al viento cuando ella la estaba bolsa en mano camino de la estación, con el abrigo abrochado hasta el cuello intentando lo imposible, que la niebla que cubría la ciudad no la helase hasta los huesos. En veinte minutos había cruzado la distancia hasta la estación y estaba en la taquilla, pidiendo un billete para la ciudad más grande que encontró en el tablón de destinos, convencida de que allí podría empezar una nueva vida, de que allí podría esconderse entre el bullicio, esconderse hasta de sí misma.

Las horas hasta la salida del autobús habían pasado lentas, María estaba en tensión, pensando que en cualquier momento una mano invisible la agarrase y la devolviese a su casa, a su cama, impidiendola marchar, pero eso no ocurrió y montó en el autobús sin más problema que el de conseguir que la dejasen subir con la maleta, de la que no estaba dispuesta a separarse, pero cuando el conductor vio que su carga hoy apenas llegaba a la docena de pasajeros somnolientos no puso más objeciones.

Poco después de dejar la ciudad atrás María calló en un sueño profundo, como no había tenido en meses, sin pesadillas, y no fue hasta que el autobús estaba llegando a la estación que se despertó, alterada por un instante al sentirse un poco desubicada, como si hubiese olvidado que esa mañana se había levantado temprano y había dejado todo. Cuando bajó y por fin puso los dos pies en tierra miró a los edificios que se alzaban ante sí, esperanzada, atenta a cualquier pista que pudiera indicarle su destino, que parecía aguardarle a la vuelta de cada esquina.

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