miércoles, 7 de mayo de 2014

Hola papá.

Las gotas caían pesadas, lentas y gordas, como si se hubieran estado cebando arriba hasta que la nube no hubiera podido soportarlas a todas y su panza se hubiese desgarrado, haciendo que su carga se vertiese por la ciudad, provocando que la gente corriese a resguardarse o se ocultase bajo sus paraguas mientras encogían los hombros y apretaban el paso. La lluvia iba limpiando la atmósfera de la ciudad y el suelo, a medida que arrastraba polvo y hojas hacia las alcantarillas en improvisados arroyos que dividían las calles y suponían otro reto para los desafortunados que no estaban en su casa al abrigo de una manta.
Marcos era uno de los que se encogían por la ahora poco transitada ciudad, de soportal en soportal y maldiciendo por lo bajo el no haber cogido un paraguas, el día acababa de comenzar y ya estaba deseando que terminara, tenía que ir a ver a su padre y desde hace unos meses cada vez le costaba más. Cuando llegaba a la puerta del recinto dejó de llover, y el sol se atrevió a asomarse tímidamente, lo que le dio un poco de fuerza para afrontar lo que venía.
La puerta estaba abierta de par en par desde hacía dos horas, aunque suponía que con ese tiempo poca gente la habría cruzado desde entonces. Saludó con la cabeza al segurata y entró en el cementerio, a medida que recorría sus calles veía desfilar a su lado un sinfín de mausoleos y panteones familiares que le recordaban que como en la ciudad detrás de esos muros, aquí también había jerarquías y estamentos, aunque ya no entendía que importaban. Al cabo de un par de giros llegó a donde estaba su padre, una tumba con una lápida que rezaba un nombre y una fecha, que cada vez era más lejana.
Había pensado en dejar de visitarlo, a él no podía importarle ya, y sólo le quitaba tiempo y fuerzas. Nunca había sido fácil la relación con su padre, y que éste no pudiera discutir no la había mejorado, pero Marcos había decidido concederse una última libertad, un último intento de liberarse de su carga y entrar en paz con él. Así, comenzó a hablar de las cosas que habían pasado desde la última visita, hasta que los temas banales se agotaron, y tuvo que hablar de sentimientos, miedos y sueños, esos en los que su padre todavía estaba muy presente.
-¿Para mí nunca fue fácil sabes?, cuando tú nos dejaste yo apenas era mayor de edad y todavía te necesitaba. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no te despediste?, mamá me dijo que sabías que esto llegaría, no pudiste apartarte antes para amortiguar el golpe o unirte tan fuerte que todavía te sintiera aquí. No, en vez de eso continuaste tu vida, tu lucha en silencio, mientras dejabas que me preocupara por salir o las relaciones, ¿nunca consideraste eso un insulto?. No sé qué espero que contestes.
El monólogo se prolongó muchos minutos, mientras por el cementerio iban y venían otras personas, que siempre que lo hacían lo encontraban en la misma posición.

-Bueno y ahora qué, cómo puedo perdonarte, como puedo perdonarme si quiera a mi mismo. Al final siempre decías que la vida seguía y que no paraba por ti, que mi tren no te esperaría, pues bien, yo te digo que montaste en el tren conmigo, y que todavía sigues en él, a mi lado, lo único que ahora repites lecciones del pasado, que se difuminan y cobran significado a lo largo del tiempo. Bueno supongo que te fuiste como quisiste, intentado no molestar y no alterar nada, y ni eso te he respetado, porque tú lo has cambiado todo. He decidido que no voy a volver, voy a empezar a respetar tus decisiones, quizá eso de valor a las mías, pero no puedo prometerte que no te lleve en cada tramo del trayecto, déjame que incumpla eso, que en el fondo de mi ser, sigas junto a mi.

No hay comentarios:

Publicar un comentario